Resumen
Los medios de comunicación constituyen una rica fuente de recursos simbólicos 
con los que los adolescentes interactúan en la elaboración de la propia identidad.
Éstos se sirven de un conjunto de textos mediáticos que atraen por igual a chicos y 
chicas y que  utilizan a modo de caja de herramientas para negociar la identidad
juvenil. Se trata de productos de terror y suspense y contenidos televisivos como las 
series y los talk shows. Con todo, esa multiplicidad  de recursos y fuentes que conforman su experiencia mediada hace sospechosa la idea de un yo estable y de una 
identidad única.  
Palabras clave: Medios. Identidad. Adolescentes. Contenidos. Experiencia mediada. 
Abstract

                                               
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 Doctor en Comunicación Audiovisual y profesor de la Universidad de Málaga.
Investigador sobre las relaciones de jóvenes y adolescentes con los medios de
comunicación y autor de diversos artículos  y colaboraciones, actualmente trabaja en 
un proyecto auspiciado por el Instituto de la Juventud de Andalucía sobre jóvenes, 
comunicación y salud. Correo electrónico: jpindado@uma.es.Julián PINDADO
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1. Acerca de la identidad en un mundo mediado
Se ha señalado que una de las consecuencias de la postmodernidad, fenómeno vinculado a la sociedad mediática, es la desestabilización del yo
(Gergen, 1991). La comunicación mediada nos permite el encuentro con
personas que representan ámbitos sociales, étnicos o culturales diversos.
Esto desafía la validez de perspectivas singulares, cuestionando la hegemonía de la elección racional y la creencia en una verdad o juicio uniforme. El 
yo se vuelve múltiple. Los individuos lejos de poseer un centro único desde 
el que evaluar y actuar, se encuentran descentrados. La sensación de no-lugar, esos contornos borrosos a los que aludía Meyrowitz (1985), parece ser 
una constante en la cultura movediza actual. No hay duda: lo mediado despliega ante el sujeto un sinfín de oportunidades en las que manifestarse y, en
consecuencia, una dispersión de la subjetividad en un mar de posibilidades
que debe repercutir en la configuración de la identidad (Grodin y Lindlof,
1996).
Las mismas voces, las mismas imágenes, los mismos programas en
cualquier lugar. Todo esto ha de repercutir en la identidad buscada. Los
mensajes poseen el don de la ubicuidad. La pantalla inunda todos los  espacios, lo que debe afectar en la naturaleza de la interacción social, al modo en 
que los individuos se experimentan unos a otros. Para muchas personas verse 
en un video casero colma su aspiración de espejo ante los demás. Incluso
hay hechos que sólo tienen garantizada su existencia al mostrarse en la realidad monitorizada. No hay duda de que este vorágine de experiencias mediadas ha de tener forzosamente repercusión en las nociones de yo que se forjan 
los individuos (Gergen, 1991). Demasiados espejos y posibilidades. Todo
este mundo mediado que nos circunda hace sospechosa la idea de una subjetividad fija, estable, y de una identidad única. De esta manera se ponen al
desnudo las contingencias culturales y discursivas de nuestras nociones de
yo e identidad. Para el fenomenismo empirista de Hume el mar de impresiones en que se resuelve nuestra experiencia hacía imposible la existencia de
un yo como idea simple, la percepción de una identidad única. ¿Qué pensaría 
Hume hoy? 
Estamos pues ante un yo inestable, un insaciable cazador de textos como 
le gustaba decir a Jenkins (1992) o, si se prefiere, un nómada incansable,
siempre al acecho como quería De Certeau (1984). Este yo nómada es al
mismo tiempo lector y escritor de textos. Un tanto saturado de imágenes y
símbolos. Y con todo ese material elabora la subjetividad, en la intersección 
de discursos de los que hablaba McNamee (1996). El adolescente inicia una Los medios de comunicación y la construcción de la identidad adolescente
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trayectoria en la que va incorporando señales procedentes de distintos ámbitos sin saber muy bien a qué carta quedarse. Hace unos años el texto televisivo era el paradigma de texto postmoderno que alimentaba la subjetividad, pero hoy ya no es el único. Mas fuentes y más textos se ofrecen para ser 
integrados por un yo incapaz de asimilar, por un yo saturado. El texto moderno requería lentitud y sosiego; el postmoderno, rapidez y variabilidad de 
emociones y estímulos. Multitud de señales excitantes apelando a la subjetividad. ¿Acaso no han visto los padres y los profesores como manejan la
multitud de ventanas del  “Messenger”  los niños y adolescentes mientras
navegan? ¿Pueden hacer esto los adultos? El texto moderno es analítico; el
postmoderno, sintético. El texto moderno mira en una sola dirección; el
postmoderno en todas las posibles, pudiendo atender varios estímulos a la
vez. Es un yo plural, variado, desmesurado. 
2. La identidad adolescente, un proceso de negociación con los 
textos mediáticos
Los medios de comunicación constituyen un espejo para los adolescentes. Fiske sostenía que “la gente joven está continuamente comparando y
contrastando el mundo de la televisión con su propio mundo social de
acuerdo a un rango de criterios con el que ellos evalúan el realismo de las
representaciones de la televisión" (1989: 60).  La adolescencia es un tiempo 
que se caracteriza por el incremento en la autoconciencia, por lo que son
especialmente sensibles a las imágenes que provienen de los medios. Esas
imágenes son utilizadas como fuente de información y comparación en la
búsqueda de su identidad. No obstante, como han puesto de manifiesto diversas investigaciones (Schiff, 1998; Mazzarella y Pecora, 1999), el modo de 
relación que establecen con esos símbolos mediáticos, lejos de ser simple, se 
halla rodeado de cierta complejidad. Sostienen, por ejemplo, que las imágenes ingenuas y románticas mostradas por algunos espacios que retratan familias felices tienden a ser rechazadas por los adolescentes que viven una
vida muy alejada de lo allí exhibido. En cambio, aquellos otros que perciben 
similitud entre su familia y la que se representa en la televisión toman imá-
genes y estereotipos de ella de manera natural. En este caso, no hay contraste 
y por tanto no hay discrepancia. Pero aquellos que viven situaciones familiares muy divergentes a las emitidas en esos espacios reaccionan contra ellas. 
De este modo, el binomio convergencia-divergencia, referido al contexto
vivencial del muchacho o muchacha adolescente, aparece como clave en la
actitud hacia lo representado. De modo inconsciente, sus problemas familiares diarios se ven proyectados en lo que ven. Las series y películas les están Julián PINDADO
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enviando una imagen susceptible de ser utilizada en la negociación de su
identidad (Liebes, 1999). Es por ello que conforman un espejo que supone
un parámetro de evaluación de su vida y de  su situación personal. La dificultad que entraña para un chico el contraste entre lo que vive y lo reflejado
en la pantalla provoca reacciones muy diversas. Hemos sido testigos de ello 
en la recepción de productos audiovisuales. 
Como han mostrado diversos estudios, la identidad adolescente es un 
proceso de negociación que se desarrolla en una cierta dialéctica de acercamiento-alejamiento con lo mostrado en los medios (Mazzarella y Pecora,
1999; Fisherkeller, 2002)). El receptor adolescente desde su perspectiva de
género y su experiencia vital se ve impelido hacia actitudes de identificación 
u oposición o, dicho  de otro modo, de encuentros y desencuentros. Esa dialéctica oposicional es exponente de las contradicciones e inquietudes de los 
receptores juveniles (Aufenanger, 1990). Los medios constituyen un depó-
sito de símbolos y valores con los que la vinculación es ciertamente compleja, hasta el punto de que en muchas ocasiones trasciende la naturaleza
realista de muchos de ellos. 
3. La “caja de herramientas” de la identidad adolescente: terror, 
series y talk shows
En un estudio con un grupo de adolescentes de Málaga, integrado por
estudiantes de Educación Secundaria Obligatoria (ESO), Bachillerato y Ciclos Formativos
2
, hemos examinado la relación que este colectivo establece 
con distintos contenidos mediáticos, al objeto de conocer su papel en la
construcción de la identidad juvenil. Entre los resultados obtenidos destacamos la existencia de un conjunto de productos audiovisuales  que aparecían 
continuamente entre sus preferencias y que eran independientes del género. 
Atraían por igual a chicos y chicas. En primer lugar se hallaban los textos
relativos a temáticas de suspense o terror  (dicho con sus palabras, “pelis de 
miedo”), los cuales constituyen el género preferido como relato audiovisual
más allá del soporte mediático de que se trate. En segundo lugar,  en lo que 
respecta a programas televisivos, dos tipos, igualmente independientes del
género, aparecían como destacados, las series y los llamados talk shows (V. 
Tabla 1)
3
                                               
2
El estudio se ha realizado entre 250 estudiantes de edades comprendidas entre los 
15 y 19 años pertenecientes a centros privados y públicos a comienzos de 2005.
3
 En la fecha de realización de la investigación que sirvió de base a este artículo,Los medios de comunicación y la construcción de la identidad adolescente
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TABLA 1
 Programas de TV preferidos por género. Febrero de 2005
Chicos Chicas
Los Simpsons
Crónicas Marcianas
Los Serrano
Aquí no hay quien viva
El diario de Patricia
Un paso adelante
Crónicas Marcianas
Aquí no hay quien viva
Los Serrano
El diario de Patricia
Fuente: Elaboración propia
La inclinación por temas de terror en el ámbito juvenil no puede pasar
desapercibido para quien se halle interesado en las relaciones de los jóvenes 
con los medios de comunicación. Como han puesto de manifiesta algunos
estudiosos estos contenidos suponen una implicación psicológica donde la
subjetividad adolescente ve reflejadas las contradicciones y dificultades propias de esta etapa vital  (Aufenanger, 1990; Mazzarella y Pecora, 1999). El
miedo es un sentimiento que paraliza y conmueve a los chicos de hoy como 
a los de ayer. En un período de reafirmación y de búsqueda de la identidad, 
uno de los pasos inevitables es la contradicción. Decir lo contrario de lo que 
dicen los padres o profesores provoca una opinión propia y una sensación de 
seguridad, aunque sea sólo aparente. Y lo más importante: congrega a todos 
los chicos y chicas en una especie de sentimiento unitario del que están desterrados los adultos, sus enemigos. El valor psicológico de este tipo de contenidos ha sido estudiado por Aufenanger (1990), desde una posición cercana a la filosofía vitalista, quien analizó su impacto entre adolescentes y la 
importancia en su socialización. Lo hizo desde la perspectiva de la recepción, de la importancia del significado como pilar interpretativo y motivador 
de la vinculación con ellos. Dar sentido a sus experiencias es lo que otorga 
valor esencial a los mismos. A través de los temas de suspense, como componentes esenciales de los relatos audiovisuales, hallan cauce de expresión
los temores e incógnitas  del mundo entorno suyo: el miedo, la intriga, los 
sobresaltos,  la emoción de lo desconocido. Y deben sentir todo eso, de lo
contrario no hay emoción y, por consiguiente, no hay vinculación con lo que 
ven, volviéndose anodino y perdiendo todo interés. Como decía una chica de 
                                                                                                             
“Crónicas Marcianas” y “Un paso adelante” se hallaban en emisión. Por otra parte, 
la trayectoria e influencia de “Crónicas… ” es lo suficientemente reconocida como 
para erigirse en referencia de los talk shows Julián PINDADO
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16 años, “es emocionante ese sufrimiento, es como si lo vivieras, como se te 
pasara a ti, pero sin que te ocurra”. De este modo, los problemas, conflictos 
y dificultades personales hallan un cauce de solución mediante esas escenas, 
en forma de proyección. Como expresa Aufenanger, una escena soluciona
simbólicamente un conflicto (el querer ser mayor, por ejemplo). El horror
4
como género posee, de este modo, una dimensión liberadora de las tensiones 
psicológicas propias de esta etapa de desarrollo emocional y social. A través 
de los diversos componentes de la narración audiovisual, hechos, situaciones 
y personajes, el sujeto receptor actúa de manera vicaria para solucionar sus 
conflictos internos. En definitiva, estamos ante un ejemplo de cómo los
adolescentes hacen uso de los contenidos para negociar su identidad. 
El segundo ámbito mediático con el que los adolescentes interactúan en 
la construcción de su identidad son las series. Varios estudios han demostrado que estos chicos y chicas ven las series como algún tipo de experiencia 
sobre el mundo y sobre la vida (Pasquier, 1997; Fisherkeller, 2002). Las
relaciones con estos espacios se apoyan en vínculos emocionales y en discusiones con otros. Hablan de su familia, sus relaciones, sus romances, sus
sentimientos. Y aunque es cierto que los personajes de esa realidad monitorizada que es la pantalla no están físicamente presentes, pues, después de
todo, se trata de una imagen,  cuando un chico ve en una serie cosas que le
suceden a un grupo de amigos de un colegio está haciendo algo más que leer. 
Lo que aparece ante sus ojos no es un simple texto o documento, dado que se 
muestran experiencias reales de gente real. Una realidad muy diferente de la 
de los dibujos animados, cuyos personajes no se los encuentra por la calle.
Como han mostrado los estudios  con receptores  de telenovelas, la gente alcanza tanta familiaridad con sus personajes que habla literalmente con ellos. 
La realidad “real”
5
y la realidad-pantalla se sitúan en dimensiones diferentes,
pero se pueden referir a un mismo contenido. En el primer caso se trata de
una realidad presentada, y en el segundo, re-presentada. Del mismo modo
que cuando relatamos hechos ocurridos los re-vivimos mediante la palabra, 
en la representación lo hacemos ayudados de imágenes. 
Las relaciones con las series en función del género ciertamente presentan 
matices diferenciados. Nosotros lo pudimos comprobar en otra investigación 
relativa al grado de realismo, en la que se concluía que las chicas otorgaban 
                                               
4
 El vocablo horror es el  término inglés más utilizado para referirse a un conjunto 
de contenidos que incluye el miedo, el terror y el suspense. 
5
Permítasenos utilizar este concepto que nos parece preciso para una distinción
como la que pretendemos efectuar en nuestras reflexiones.Los medios de comunicación y la construcción de la identidad adolescente
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más credibilidad a las series que los chicos (Pindado, 2005). Todo parece
indicar que ellas muestran más complicidad sentimental con sus personajes.
Al ser más fuerte el vínculo establecido con ellos tienden a proporcionarles 
un mayor crédito,  de acuerdo con los apuntes de diversas estudiosas de la
recepción femenina (Hobson, 1982; Ang, 1985; Seiter, 1989; McRobbie,
1990; Brown, 1997). En algunos casos su interacción con los personajes es 
tan real que los tratan como si fueran de carne y hueso, como lo pone de
manifiesto la mayor cantidad de correspondencia y confidencias con ellos
por parte de las chicas (Maigret, 1995; Paquier, 1999). Pero, por lo mismo, 
también muestran mayor hostilidad sentimental hacia esas mujeres que son
rivales de quienes les gustan en la pantalla. De ahí que se opongan a ciertos 
personajes femeninos que, aunque relevantes en la serie, son sus rivales sentimentales. 
Sin embargo, y pese a reconocer la mayor vinculación sentimental de las 
chicas adolescentes, buena parte de los investigadores defiende el extraordinario papel de las series en la configuración de la identidad masculina. Es el 
caso de los franceses Enric Maigret (1995) y Dominique Pasquier (1996). 
Ambos señalan expresamente que muchos chicos ven series para adquirir
información sobre sintaxis del amor, aunque les cuesta admitirlo, pues ellos
tienen más problemas no resueltos con estos productos televisivos que sus
compañeras. Hay una fuerte presión de grupo para ello, una indeterminación
de vínculos emocionales hacia este tipo de programas. Los tradicionales
símbolos de la masculinidad  constituyen el trasfondo del que emergen las
contradicciones de los chicos adolescentes hacia ellos. De este modo,  en un 
primer momento se niegan a admitir su valor de aprendizaje social, pero si se 
les inquiere para que verbalicen ese temor a reconocer que ven espacios sobre estos temas, y que les interesan más de lo que dicen, finalmente acaban 
reconociéndolo. Como afirma un chico de 17 años, “hay cosas que podemos 
aprender, por mucho que lo neguemos”. También la británica Ellen  Seiter 
(1989) se halla convencida de que el vínculo con este tipo de espacios es
independiente del género, y muestra su desacuerdo con las investigaciones
que establecen que las soaps son el referente del mundo femenino. En su
opinión, chicas y chicos se implican por igual en sus conversaciones, aunque 
lo hacen de un modo diferente. Según su experiencia, los chicos tienden a
negar en las discusiones de grupo todo interés en las soaps por considerarlos 
“programas de chicas”. Sin embargo, en entrevistas individuales confirman
que no sólo las ven sino que hablan de ellas con sus pares, aunque reconocen 
no hacerlo con las chicas. Esto último confirma nuestras propias observaciones sobre la dificultad de los adolescentes masculinos para vehicular sus
sentimientos a través de las series. Su primera inclinación es la de rechazar-Julián PINDADO
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las, pero conocen los personajes y las situaciones, y a medida que se habla
de ellas en un clima alejado de toda supervisión de género se muestran proclives al reconocimiento de su interés.  Estamos persuadidos, pues, de que
más allá de los reparos expuestos, los chicos son seguidores de estos espacios. Sin que ello signifique negar la existencia de una mayor implicación
emocional por parte de las chicas.
Los talk shows se han convirtiendo en espacios emblemáticos para buena 
parte de los adolescentes y jóvenes. Hay  entre este tipo de programas una 
variedad de formatos, pero todos poseen un alto nivel de seguimiento, sobre 
todo los que tratan temas cercanos a ellos. El estilo de “Crónicas marcianas” 
es diferente al de “El diario de Patricia”, pero tienen elementos en común en 
la mezcla de oralidad y visualidad. En las culturas tradicionales, la identidad 
se construía a través del relato, el cual producía una imagen-espejo en el que 
se reflejaba una colectividad. Esto era clave en la construcción del imaginario colectivo. El relato postmoderno, con esa mezcla entre lo oral y lo visual, 
se aleja del texto tradicional, representado por lo escrito y cuyo ámbito es la 
escuela. Cabe recordar que ya Margaret Mead (vers. cast. 1990) afirmó que 
la experiencia juvenil no cabía en la linealidad de la letra impresa. Por ese
carácter de empatía, de complicidad cognitiva, adolescentes y jóvenes han
sido los que mejor han  reflejado los cambios que se vienen produciendo en 
las distintas sociedades. Puede resultar paradójico el encuentro entre culturas 
del pasado y del futuro, como son las tradicionales y las electrónicas, pero
aquí puede estar el  quid de la cuestión. Cuando  una adolescente afirma que 
ve fútbol, aunque no le guste, porque si no se queda sin poder hablar con sus 
amigos de ello, estamos ante una cultura  mediática que sirve de alimento a 
sus interacciones. La visualidad no es sólo más emotiva, es más directa y
permite compartir. Los talk shows son ambas cosas, orales y visuales (Davis 
y Mares, 1998). Las series juveniles también. ¿Qué decir de los chats? ¿Y de 
los mensajes electrónicos mediante ordenador o teléfono? La comunicación 
es el proceso interactivo juvenil por excelencia y se halla repleto de contenidos que nutren sus experiencias mediadas. ¿No se estará produciendo una
conexión entre la escritura y la audiovisualidad? El discurso postmoderno se 
compone de palabras e imágenes en clave comunicativa (Rossler y Brosius, 
2001). Todo lo demás se supedita a ello.  Tal vez por ello les atraigan tanto 
espacios como los talk shows. Hablar mientras se ve. Los chats son una continuación. Prefieren hacerlo con gente con una “cara” reconocible. De ahí el 
éxito de programas como el “Messenger”. Lo electrónico es sólo una herramienta que utilizan para sus propios fines. Cabe preguntarnos en qué medida 
esta discursividad, este relato postmoderno, guarda relación con temas como 
el fracaso escolar. Incluso si no se estarán produciendo transformacionesLos medios de comunicación y la construcción de la identidad adolescente
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más profundas que apunten a las categorías básicas de la psicología cognitiva. Después de todo, son otras las habilidades mentales que el sujeto cognoscente debe poner en juego, y si ya la escritura supuso una revolución
decisiva en el pensamiento, según Olson (1997), esta  “nueva escritura” 
puede contribuir al desarrollo de otras destrezas aún no entrevistas.
3. Reflexiones finales
El papel asignado a los medios de comunicación en la construcción de la 
identidad juvenil difiere de unos especialistas a otros. Hay quienes se sitúan 
en una posición radical atribuyéndoles un poder simbólico sustitutorio de
experiencias reales. Es el caso de Thompson (1998) y Hartley (1999). Otros, 
en cambio, reconocen la importancia que poseen en la elaboración de la
identidad pero se sitúan en una perspectiva más prudente, considerando que 
su contribución es complementaria de las experiencias reales ((Lindlof y
Grubb-Swetnam, 1996; Liebes, 1999). Esta última posición se halla más
acorde a los resultados obtenidos en nuestro estudio. El joven construye su
propia subjetividad en un proceso dialéctico entre la experiencia directa y la 
mediada. Y los medios de comunicación son parte de esa experiencia mediada. Como  recordaba Bruner (1990), el relato, el decir, es el modo mediante el cual edificamos nuestra experiencia personal. Pero el relato postmoderno tiene sus propios perfiles en la oralidad y la visualidad y puede ser 
una novela, una película, una serie televisiva o un  talk show. Se manifiesta
por igual en el diálogo entre dos personas cara a cara que en el que mantienen través del chat. En este sentido, los medios de comunicación constituyen 
un conjunto de herramientas de las que se sirven los receptores en tanto que 
espacios simbólicos de gran riqueza, y los adolescentes se vinculan con ellos 
construyendo significados diversos que después utilizan en sus experiencias 
y en la elaboración de su identidad. 
“¿Qué es lo real?”, preguntamos a un grupo de adolescentes en un momento de la investigación. “¿Y qué es eso?”, es la respuesta de un chico de 
15 años.  “Lo real es el  ‘El Real Madrid’,  ‘Crónicas Marcianas’, Jennifer
López, ‘Final Fantasy’ y mi chica”. ¿Y los estudios? “Eso es no es mi realidad”. Quien así habla es otro chico de 17 años, estudiante de Bachillerato. Y, 
según se nos informa,  no es mal estudiante. “Pero tienes que estudiar”, respondemos. “Sí, tengo que hacerlo, pero que no me pidan los profes que me 
guste; quien diga que le gusta miente; hay quien lo lleva mejor, pero ya
está”. No hay ingenuidad ni capacidad para la sorpresa. Se puede decir que 
quien así se expresa es un individuo descreído, autocomplaciente y desconfiado de los idealismos sociales. Con oír los comentarios que él y otros com-Julián PINDADO
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pañeros de su edad hacen tras la visión de un documental de tipo social, entendemos algo de lo que ocurre en su cabeza. Es como si estuvieran de
vuelta de todo. No sabemos si antes han ido, pero ya están de vuelta.  Tampoco  sabemos si la culpa la tiene ese texto postmoderno que, según Fiske
(1991), es fragmentario, inconexo, desorganizado, superficial. Un pastiche
en el mundo del simulacro, como quería Baudrillard (1988). Sólo sabemos 
que del moderno apenas quieren saber nada. No se trata únicamente de un
simple reemplazo de lo real por lo virtual, del amigo de carne y hueso por el 
del chat. No cabe duda de que algo debe estar ocurriendo en el interior de
ese adolescente ante tamaña multitud de experiencias (Brown, 1996). Quizá 
se esté desmantelando su yo, como quería Gergen (1996). Es posible  que su 
subjetividad se esté erosionando en la heterogeneidad discursiva. Todo parece indicar que el hombre audiovisual habita en un mundo de símbolos y
sensaciones donde el lenguaje no es imprescindible. Pero si hay un colectivo 
capaz de dar vida a ese enjambre de símbolos procedente del entorno mediá-
tico es el adolescente. Cuanto emerge de él es, en expresión de Foucault, una 
auténtica caja de herramientas con la que experimentar y labrar la identidad. 
Tienen razón, pues, aquellos que, como Boullier (1991), consideran irrelevante el momento de la recepción, ya que la verdadera influencia de la pantalla está en otro sitio. Si hay un receptor, sigue Boullier, este es el aparato 
de televisión: el otro, está en otra parte.   
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